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Del sexo al género, ¿tenemos en cuenta las diferencias en investigación social?

By 11 mayo, 2021 One Comment

*AUTORA: Ana Rubio Castillo. Socióloga y Máster en Estudios de Género.

La cada vez mayor proliferación de estudios que incorporan la perspectiva de género en el ámbito de la investigación social es un hecho incuestionable. En los últimos años, el enfoque de género se ha convertido en una perspectiva indispensable a la hora de elaborar estudios sociales; no solo en aquellos que buscan indagar y profundizar exclusivamente en el ámbito del género, si no también, en toda la amplitud de la investigación social. Y es que, no hacerlo, supone obviar los regímenes de desigualdad estructural que emanan de él.  

En este sentido, hace ya algo más de 70 años, en 1949, Simone de Beauvoir afirmaría en su libro El segundo sexo aquello de “una mujer no nace, sino que se hace”. Con ello, comenzaría una gran corriente de pensamiento feminista en la que se intentaría romper con “el destino de la biología”, al interpretar las relaciones entre mujeres y hombres como construcciones culturales. Desde esta perspectiva se hizo necesario distinguir entre sexo y género, señalando al género como una creación simbólica que, en tanto que categoría de análisis, tiene capacidad explicativa de las desigualdades existentes entre mujeres y varones; y al sexo, como al hecho biológico de ser macho o hembra. De esta forma, se llevó a la crítica todo esencialismo que tipificara los atributos culturales como inherentes al ser humano. 

Una de las pioneras en llevar a sus estudios esta distinción teórica de los términos, fue la antropóloga Gayle Rubin, quien señaló que, dadas las numerosas semejanzas biológicas que existían entre varones y hembras, habría que buscar las diferencias existentes entre hombres y mujeres en sus formas de ser y estar en el mundo, para así poder conocer los elementos que sería necesario modificar para alcanzar una sociedad sin jerarquías de género. De esta forma, como categoría de análisis, el género comenzó a ofrecer herramientas útiles para la comprensión del carácter relacional y del largo proceso histórico de construcción social que había sostenido las diferencias y desigualdades entre los sexos (Burin y Meler, 1998, 2000 cit. en Martínez, 2011) (1). Así, la introducción del concepto género en la teoría feminista devino en un punto de partida sin retorno en la comprensión de las diferencias y desigualdades entre hombres y mujeres, alejadas del campo de la naturaleza, y entendidas como un producto sociocultural e histórico. 

Y, SIN EMBARGO, ¿CÓMO INCORPORAMOS ESTAS CUESTIONES EN LA INVESTIGACIÓN SOCIAL?

Sin embargo, pese a que desde la mayoría de las corrientes teóricas parece haber un consenso entre las representaciones y contenidos epistemológicos y socioculturales que albergan ambos conceptos -sexo y género-, aún es frecuente encontrarnos con investigaciones que hablen de sexo cuando, en realidad, se están refiriendo al género. 

Así, es necesario entender que, cuando nuestro objetivo como investigadores/as es desentrañar y buscar porqués a ciertas actitudes, comportamientos o discursos, la categoría que nos va a servir de análisis, en tanto categoría socio-relacional, es el género y no el sexo. Por ejemplo, imaginemos que nuestra finalidad es analizar las diferentes posturas existentes sobre el ecologismo en función de diversas variables sociodemográficas. Si al realizar el análisis, únicamente hablamos de sexo, epistemológicamente solo deberíamos aportar información relativa a una mera clasificación demográfica. Sin embargo, si nuestra pretensión es mostrar o entender por qué – por ejemplo- existen diferencias entre chicos y chicas, la variable de la que tenemos que hablar es de género.

Por otro lado, además de las diferencias conceptuales entre sexo y género, la realidad social nos desvela cotidianamente que la clasificación dicotómica hombre-mujer, no es suficiente para incluir a toda la población. Así, al igual que no obviaríamos algunas franjas de edad o nacionalidades en nuestras variables de clasificación social, debemos tener en cuenta la diversidad de casuísticas que oscila en torno a la categoría género. Así, necesitamos incorporar a nuestra praxis investigadora todo aquello que, cada vez con mayor fuerza, muchos movimientos sociales, la ciudadanía, e incluso el lenguaje, tratan de hacer visible. 

Actualmente hablar tan solo de hombres o mujeres a la hora de intentar realizar una clasificación social, probablemente, tan solo nos lleve a dejar atrás a muchas personas que no se identifican con ninguna de esas categorías pudiendo, por tanto, generar un malestar en ellas y obviar parte de la realidad en la que vivimos.


Y, ENTONCES, ¿CÓMO LO HACEMOS? 

Una vez que tenemos claro que los propósitos de nuestra investigación están fundamentalmente relacionados con la categoría género (y no sexo) y teniendo en cuenta que las categorías de respuesta dicotómicas pueden constreñir la realidad de las personas participantes en nuestro estudio, necesitamos reformular la clásica pregunta ¿cuál es tu sexo?, por otras opciones más incluyentes y coherentes con la finalidad de nuestro estudio.  

En este sentido, es complejo realizar una sistematización de todas las opciones identitarias y de género que tienen cabida, más aún en una realidad social en constante movimiento. Sin embargo, existen algunas fórmulas sencillas que nos posibilitan realizar un planteamiento algo más fidedigno e incluyente sobre la cuestión. Una de ellas, probablemente la más usada, sería utilizar la pregunta “¿con qué genero te identificas?” con varias opciones de respuesta: 

  • Mujer
  • Hombre
  • No binario
  • Prefiero describirlo ______

De esta forma, al dejar una categoría de respuesta abierta, nos aseguramos de que todas las realidades identitarias y de género que pudieran tener presencia en nuestra investigación queden incluidas.  En cualquier caso, toda esta cuestión nos invita a reflexionar, en primera instancia, sobre nuestro rol y sesgo en tanto personas investigadoras, analizar la manera en la que conocemos, desde dónde, para quién, para qué y porqué. Algo necesario para poder pensar hacia dónde queremos llegar y qué sociedad queremos construir.

(1) Martínez, A. (2011). Los cuerpos del sistema sexo/género: Aportes teóricos de Judith Butler. Revista de Psicología, 12, 127–144.

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