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El regreso a las aulas en la nueva normalidad

By 16 octubre, 2020 One Comment

* Ramón Montes Rodríguez

Llegó septiembre y, con ello, la tan cíclica vuelta al cole que vivimos cada año. Llegó septiembre y, sin embargo, nada era igual y todo nos sonaba a nuevo. Ha pasado algo más de un mes desde que los colegios volvieran a abrir sus puertas tras largos meses de aulas y pasillos desiertos. Un mes desde que aterrizáramos en el septiembre con más miedos e incertidumbres que se recuerda en la comunidad educativa. En el que los niños y niñas de nuestro país volvieron a cruzar miradas y sonrisas mascarilla mediante. Poco más de treinta días después, toca pararse a observar en qué punto estamos y cómo nos ha ido en esta vuelta a lo nuevo.

Allá por junio, compañeros y compañeras de varias universidades, bajo la coordinación de Fernando Trujillo, publicamos un informe titulado Panorama de la educación en España tras la pandemia de COVID-19: la opinión de la comunidad educativa”, con el objetivo de intentar conocer cuáles eran, en el mes de mayo, las principales preocupaciones, necesidades y propuestas que lanzaba la comunidad educativa de cara al curso en el que actualmente nos encontramos. No es mi intención utilizar estas palabras para resumir la investigación que realizamos, pero sí me gustaría intentar interpretar el momento actual en el que nos situamos a partir de las conclusiones que promulgaba nuestro estudio, que se podían resumir en cuatro temas: inversión, liderazgo, presencialidad y apoyo.

En primer lugar, la comunidad educativa nos reclamaba inversiones adecuadas a la complejidad del reto que se nos venía encima. Más inversión para mejorar las condiciones de los centros y para contratar a un mayor número de profesorado que pudiera, de ese modo y sobre todo, reducir la ratio de las aulas. De momento son pocas las cifras exactas que tenemos. Se advierte un incremento en la contratación de profesorado, pero aún desconocemos si ese aumento es suficiente para paliar un problema, el de las ratios, que llevamos décadas arrastrando. Los sindicatos siguen manifestando que seguimos estando en el vagón de cola de la inversión educativa, tanto en proporción a nuestro gasto público (8,8% frente al 10,8% de la OCDE) como en relación con el PIB (4,3% frente al 4,9%). Además, surge un nuevo debate a la hora de contratar más profesorado, ya que, para determinadas materias, algunas comunidades autónomas no tienen suficiente capital social formado como para cubrir las plazas que surjan, y desde el gobierno central se plantea la contratación de profesorado sin formación pedagógica específica, es decir, licenciados o graduados que no han realizado el máster de profesorado. La inversión que pedía la comunidad educativa parece haber llegado (posiblemente no la suficiente), pero ha puesto en evidencia otras carencias de largo recorrido de nuestro sistema educativo: falta de infraestructuras para desdoblar grupos, falta de recursos tecnológicos, falta de un plan integral de formación pedagógica del profesorado… Grietas sobre las que se ha vertido cemento rápido y que no han dudado en abrir otras hendiduras aún más profundas que parecían estar ocultas u olvidadas.

Otra cuestión central de nuestro informe era la dicotomía que se planteaba entre liderazgo y autonomía que poblaba el discurso de gran parte de la comunidad educativa estudiada. ¿Qué miedos sobrevolaban en mayo? Principalmente, el que no hubiera instrucciones claras por parte de las autoridades educativas o que las instrucciones chocaran frontalmente con la autonomía que necesitan los centros, los verdaderos conocedores de la realidad social de estudiantes y familias, para afrontar los retos que les pudieran sobrevenir. ¿En qué punto nos encontramos actualmente? Podemos afirmar, sin mucho temor a equivocarnos, que las instituciones han confiado en los centros educativos y en su propia autonomía como medida general, y esto es algo que tiene una parte muy positiva, y otra que quizás no lo sea tanto. Confiar en la autonomía de los centros y de los docentes ha supuesto la conformación de un espacio de libertad donde los problemas se producen y se resuelven en el entorno más inmediato, lo cual facilita y simplifica las actuaciones, pero también deja entrever que no existe un plan a largo plazo para el sistema educativo de nuestro país. No es que abogue por medidas estandarizadas para todos, pero parece bastante claro que no existe un horizonte claro que perseguir y que las instrucciones se van dictando por lo acontecido en semanas o meses anteriores para paliar agujeros y grietas a escasos meses vista, lo cual sigue provocando desconcierto entre el profesorado.

Si hablamos de la presencialidad que demandaba la comunidad educativa hace unos meses, hoy podemos observar que esta se ha convertido en la norma más o menos general que rige nuestros centros: tanta presencialidad como se pueda, y cuanto menor es la edad de los estudiantes, menos innegociable es dicha presencialidad. En el escenario actual, estamos viendo cómo, por ejemplo, se imponen escenarios de semipresencialidad a partir del tercer curso de ESO en un gran número de centros. Una semipresencialidad forzosa, que en ningún caso se ha elegido por el hecho de ser garante de una mejor formación a los estudiantes, sino porque no se dispone de las infraestructuras ni de la inversión suficiente en profesorado como para atenderlos a todos de forma presencial en el total de las horas lectivas sin poner en riesgo la salud pública. Esto está provocando ciertos desfases curriculares, ya que muchas materias han visto reducida su carga horaria a la mitad y otras, cuya presencia venía mermada de serie en los currícula oficiales (como pueden ser las asignaturas de corte artístico, humanístico o musical), han visto cómo su carga horaria era reducida prácticamente a la inexistencia. Además, estos modelos de semipresencialidad parecen estar teniendo un impacto tremendamente dañino en aquellos contextos donde los recursos digitales y la formación en enseñanza digital escasean. Lugares donde la parte no presencial se reduce al encargo de deberes y la realización de tareas de forma autónoma, algo que podría estar catalizando el aumento de una gran brecha social que ya existía pre-pandemia.

Por último, tocaría pararse a analizar las distintas medidas que han tomado otras instituciones (públicas y privadas) para servir de apoyo a la institución escolar en la ardua tarea que están llevando a cabo. Podríamos aquí hablar de iniciativas específicas de instituciones o de empresas concretas que han tratado de modificar sus condiciones generales de funcionamiento para facilitar a las familias que sus hijos e hijas puedan seguir con éxito su formación académica. Pero, desgraciadamente, a nivel nacional no podemos destacar ninguna iniciativa, ni pública ni privada. Me gustaría poder escribir en este texto cómo el Gobierno central ha promulgado una ley de Trabajo para que la conciliación familiar no caiga exclusivamente sobre las espaldas de la Escuela, sobre cómo se ha garantizado a través de leyes el acceso universal a Internet a todas las familias que lo necesiten, o de cómo se ha prestado especial atención a las necesidades específicas de apoyo educativo que muchos estudiantes tienen y que se han acentuado en una situación tan complicada como esta. Desafortunadamente, todo queda en eso, en deseos varios de que, de una vez por todas, se entienda que el reto educativo no pertenece exclusivamente a la Escuela, sino que es un reto social y compartido. Ya que, si no cambiamos esta percepción, la Escuela seguirá siendo solamente un lugar de recogida y guardado de menores para que el sistema productivo pueda seguir creciendo, con pandemia o sin ella.

Llegó septiembre y la pandemia aún estaba aquí, acentuando y poniendo el punto de mira en todas las carencias y debes que tiene nuestro sistema de vida, en la parte educativa y también fuera de ella. Desde la ingenuidad, podríamos pensar que estas cuestiones sobre la inversión educativa, el liderazgo y la autonomía, el valor de la presencialidad y el apoyo social necesario son genuinamente novedosas y que las ha provocado el nuevo escenario global en el que vivimos, pero posiblemente nos estaríamos autoengañando. Las nuevas condiciones y los nuevos dilemas provocados por el virus, y que tan bien anticipaba la comunidad educativa en nuestro estudio, no son tan novedosos como pudiera parecer, sino que estaban ya ahí y ahora son más visibles que nunca. ¿Seremos capaces de aprovechar que existe un foco alumbrando nuestras miserias?

*Ramón Montes Rodríguez es maestro y pedagogo. En este momento, enseña en la Facultad de Educación de la Universidad de Granada, donde realizó su tesis doctoral sobre cursos MOOC y educación expandida. Además, es músico, apasionado de la tecnología y, sobre todo, por si no ha quedado claro, de la profesión del enseñar y el aprender. 

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